El Museo de Anestesia de la AAARBA distinguió a los asociados que contribuyeron a su patrimonio

En el año del 80º aniversario de la AAARBA, se reconoció a los socios que, a través de donaciones, aportaron a la colección de piezas del Museo y Biblioteca Histórica de Anestesia “Dr. Alberto González Varela”.
Institucional30/01/2026 Lic. María Eugenia Piaggio
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La historia no se hereda sola, se sostiene con gestos concretos. Por eso, esta entrega de medallas y diplomas se convirtió en una declaración de principios. La Dra. Gisela Vila, gerente general de la Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires (AAARBA), abrió la ceremonia: “Este año nuestra institución cumple un hito muy especial: 80 años de historia, construida con compromiso, esfuerzo y vocación. Hoy queremos homenajear a los anestesiólogos que, con generosidad y compromiso, aportaron donaciones al Museo”. WhatsApp Image 2026-02-02 at 7.12.13 PM

Acompañaron autoridades institucionales y referentes del Museo: el Dr. Adolfo Venturini, director; el Dr. Alfredo Parietti, subdirector; el Dr. Héctor Dalbene, colaborador; el Dr. Claudio Tartaglia Pulcini, presidente de la AAARBA; miembros de la Comisión Directiva; y la Dra. Elena Perla Weissbrod, integrante del Tribunal de Honor.

Al tomar la palabra, el Dr. Tartaglia Pulcini recalcó la fuerza del proyecto museístico: “Nuestro museo, en 2026, va a cumplir 25 años”. Además, agradeció especialmente el trabajo del equipo que lo impulsa —“en la cabeza del Dr. Venturini”— y destacó la incorporación del Dr. Parietti y del Dr. Dalbene, cuya energía y compromiso, dijo, mantienen al Museo en permanente crecimiento. 

Asimismo, el presidente de la Asociación recordó el impacto que generó este espacio durante la Noche de los Museos, cuando el público “se sorprendió y emocionó” al descubrir cuánto se avanzó en anestesia y cómo esa historia cobra sentido cuando se la mira a través de objetos reales.

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“Si ustedes no hubieran donado nada, el Museo en este momento no existiría”, fueron las palabras que utilizó el Dr. Venturini para comenzar su discurso. Luego, reconstruyó las dos grandes etapas de crecimiento: desde la subcomisión creada hace 24 años hasta la expansión que permitió concretar la réplica de una sala operatoria histórica. Luego, rindió un sentido homenaje a los socios fallecidos que dejaron su huella en cada vitrina. La enumeración de nombres, acompañada por un aplauso sostenido, convirtió la memoria en presencia.

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En esa misma línea histórica se inscribieron las palabras de la Dra. Elena Perla Weissbrod, quien recordó los orígenes del Museo en 1980, cuando una vitrina donada por el Dr. Alberto González Varela dio inicio a este proyecto. Luego evocó la inauguración de la nueva sede en 2001 y aportó anécdotas que humanizaron a los pioneros, mostrando que el Museo nació del trabajo apasionado, del debate y del compromiso colectivo.

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La música como homenaje a la vida

Tras la entrega de medallas y diplomas llegó la sorpresa de la tarde: la presentación del coro Oncolocos, integrado por pacientes oncológicos. La elección no fue casual: el Dr. Venturini había manifestado su admiración por el grupo y su deseo de convocarlo para la próxima Noche de los Museos; la Comisión Directiva decidió entonces homenajearlo.

Antes de cantar, el director del coro compartió un mensaje claro y esperanzador: “El cáncer es superable”, y destacó el valor de la resiliencia como la posibilidad de transformar una experiencia adversa en una nueva forma de vida.  En ese cruce entre ciencia, humanidad y arte, el coro amplificó el sentido del homenaje.

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La ceremonia incluyó además un reconocimiento especialmente significativo: el otorgado a la Lic. Maia Guzevich, bibliotecaria de la AAARBA. Su mención destacó el trabajo cotidiano que permite ordenar, preservar y dar sentido al patrimonio. En un espacio donde cada libro, documento y pieza requiere cuidado experto, su tarea aparece como un eslabón clave entre el pasado y el presente.

Donar es preservar

Luego, ya en el cóctel posterior, cuando la formalidad del acto dio paso a las conversaciones y a un clima más íntimo, llegaron los testimonios que terminaron de darle espesor humano al reconocimiento. 

El Dr. Ernesto Setton explicó la importancia de la Cánula de Brock, una pieza destinada a la reanimación: “Suplanta el boca a boca y no tiene contacto con el paciente”, señaló y recordó que su creación respondió a una situación extrema, cuando un médico debió reanimar a un paciente gravemente comprometido. Para el Dr. Setton, la donación tiene además un sentido pedagógico: “Los museos deberían tener siempre la ficha técnica del aparato”, porque cada objeto necesita ser leído en contexto.

El propio Dr. Venturini volvió sobre una de las piezas más elocuentes del Museo: la pinza tira-lengua de Berger, creada a fines del siglo XIX. Según explicó, “en ese momento los pacientes se morían con la anestesia porque la lengua se les iba para atrás y se ahogaban”. La pinza permitió salvar vidas, aunque dejó una anécdota que revela la crudeza de la época: al despertar, muchos pacientes decían que lo único que les dolía era la lengua.

Para el Dr. Dalbene, una de las piezas más representativas es el Ombredanne: “Es la más icónica que tenemos. Uno ve el Ombredanne y ya sabe que hubo anestesia ahí”. Esa misma elección se repitió en otras voces, como si el objeto condensara una identidad compartida. La Dra. Susana Pariani, que donó libros antiguos de anestesia —aquellos con los que estudió—, lo expresó con emoción: “El Ombredanne es el sello nuestro… lo tenemos en el corazoncito”.

Por su parte, la Dra. Weissbrod recordó que su donación fue “toda la valija”: un mini respirador, un burbujeador de Takaoka, tubos endotraqueales, dos laringoscopios —uno pediátrico y otro de adulto— y otros elementos que formaron parte de su práctica cotidiana. Cuando se le preguntó por su pieza favorita, respondió primero con lógica profesional: “Todas eran necesarias”, aunque luego eligió aquello que marcó su recorrido: “Mis laringoscopios”.

El Dr. Daniel Turquenich relató la donación de un laringoscopio artesanal, fabricado por un tornero, con un tornillo que debía destornillarse para cambiar la rama, y de un respirador que había hecho traer del exterior. Ubicó esos dispositivos en su propia cronología profesional: “Empecé en el 76… el respirador habrá sido del 78”, y reconoció que ese laringoscopio sigue siendo su pieza favorita.

Desde otra generación, el Dr. Luis Norberto Varela recordó un flujómetro que se adaptaba a los tubos de oxígeno y “cantaba” el flujo que llegaba al borboteador de Takaoka, además de tubos endotraqueales antiguos. Su elección fue clara: el borboteador de Takaoka, que utilizó incluso en anestesia pediátrica, conectándolo directamente al tubo de oxígeno. “Era todo un experimento”, dijo, sintetizando una época de ingenio y precisión artesanal.

El Dr. Miguel Ángel Fernández Vigil contó que donó un Flotec, un equipo de anestesia que compró en 1977 y utilizó durante años, cuando aún no existía la aparatología centralizada en sanatorios. También eligió al Ombredanne como pieza emblemática: “Es algo histórico para nosotros”, afirmó.

Otros testimonios reforzaron la idea de "museo vivo". El Dr. Ángel Battista recordó haber donado un equipo antiguo de anestesia inhalatoria, una mesa de anestesia completa —la primera digital, una Dräger Julian— y un respirador Dräger Ventiloc de fines de los años 70. Por su parte, el Dr. Sergio Muñoz hizo referencia a la donación de una cánula de Miller, un dispositivo metálico para vía aérea que recibió de un colega mayor y decidió preservar en el Museo. Asimismo, el Dr. Luis Bokser destacó la donación del libro más antiguo de la biblioteca, editado en París en 1897, con referencias al éter, el cloroformo y el opio, además del contenido completo de su valija de trabajo.

En todos los relatos apareció una constante: las piezas no fueron pensadas como reliquias, sino como herramientas que acompañaron cirugías, decisiones críticas y cuidados reales. Como sintetizó el Dr. Alfredo Parietti, en una de las frases más contundentes de la jornada: “Todas las piezas han sido utilizadas por pacientes… y eso hay que mirarlo con mucho respeto”.

Así, entre discursos, música y conversaciones, el acto dejó una certeza compartida. El Museo de la AAARBA no solo conserva aparatos antiguos o libros valiosos: conserva historias de práctica, de compromiso y de generosidad.

Socios reconocidos por sus donaciones al Museo Histórico de Anestesia

Alberino, Enrique
Amodio, Luis
Barchietto, Gustavo José
Battista, Ángel
Bednarz, Claudio
Bevilacqua, María del Carmen
Bokser, Bernardo
Bollini, Carlos
Buffa, Cecilia (hija de Enrique Buffa)
Buffa, Martín (hijo de Enrique Buffa)
Campos, Marcelo
Canaro, Claudia (hija de Francisco Canaro)
Capmouteres, Emilio
Caponetti, Arnaldo
Casini, Eduardo
Cassullo, Adriana (hija de Amalia Cassullo)
Celesia, María Cristina
Cuda, Carlos
Dacoff, Héctor
Dalbene, Héctor
Delorme, Ricardo
Der Meguerditchian, Mario
Fernández Vigil, Miguel A.
Fischman, Jorge Roberto
Flores, Juan Carlos
Gallino, Eduardo
Glaniver, Abel
Grimberg, Néstor Eduardo
Gross, Jorge
Gru, Carlos
Guida, Silvia
Hug, Carlos
Iglesias, Hugo Héctor
Katz, Jacobo
Komar, Dora
Lambertucci, Rubén Oscar
Losio, Norberto
Luck, Pablo Joaquín
Manzolido Ares, Claudio
Masri, Leonardo
Meza, Carlos Alberto
Moggi, Luis
Montero, Héctor Augusto
Muñoz, Sergio
Pantaleone, Silvina
Pariani, Susana
Parietti, Alfredo
Pichot, Horacio
Paladino, Miguel Ángel
Polisena, Arnold
Rafart, Daniel
Reale, Elena
Salgueiro, Carlos
Sarkisian, Hugo
Sauda, José
Scavuzzo, Hugo
Schijvarger, Leonardo (hijo de Francisco Schijvarger)
Selva García, Denis Antonio
Setton, Ernesto
Sorotski, Saúl
Suar, Ema Cristina
Turquenich, Daniel
Vanotti, Hugo
Varela, Luis Norberto
Veloso, Alberto
Venturini, Adolfo
Verón, Fernando
Weissbrod, Elena Perla

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