

En el mes de la mujer, cuando el reconocimiento suele quedar atrapado en consignas repetidas, vale la pena detenerse a pensar qué entendemos hoy por liderazgo. En su libro Un poder diferente, Jacinda Ardern propone —y encarna— una forma de ejercer el poder que desafía el molde clásico: no desde la dureza impostada ni desde la distancia, sino desde la empatía, la escucha y la conciencia de los propios límites. No es un gesto retórico. Es una toma de posición.
El libro —que ella misma llama “terapia con fecha de entrega”— se aleja deliberadamente de la autobiografía tradicional. No hay épica del mando ni relato de infalibilidad. Hay, en cambio, una voz que reconoce dudas, cansancio y vulnerabilidad. “Durante toda mi corta vida he lidiado con la idea de que nunca era lo suficientemente buena”, escribe la autora, y esa frase funciona como hilo conductor de toda su experiencia de liderazgo.
Ardern llegó a ser primera ministra de Nueva Zelanda en 2017, con 37 años, embarazada y con una personalidad introvertida que muchos confundieron con debilidad. Sin embargo, le tocó gobernar en medio de algunas de las crisis más duras que puede atravesar un país: un atentado terrorista, una erupción volcánica y la pandemia de COVID-19. En cada una de ellas, su respuesta combinó decisión política y cercanía humana. Frente al atentado de Christchurch, se negó a nombrar al agresor y afirmó: “Ellos son nosotros”. Durante la pandemia, apostó por una estrategia clara y sostuvo que, aún en la incertidumbre, liderar implica decir: “No sabemos todo, y este es nuestro plan teniendo en cuenta esa incertidumbre”.
Uno de los núcleos más interesantes del libro es la resignificación de atributos históricamente considerados “femeninos”. La sensibilidad, la empatía y hasta el síndrome del impostor aparecen como herramientas, no como debilidades. “Cuando sientes las cosas profundamente, te implicas profundamente. Das muchísimo de ti porque te importa muchísimo lo que haces”, afirma. Lejos de negar esas emociones, Ardern las incorpora a su modo de ejercer el poder.
La maternidad ocupa un lugar central en la historia que escribió, no como anécdota, sino como posición política. “Sí, era la primera ministra. Y, sin embargo, también estaba embarazada”, escribe, desmontando la falsa dicotomía entre vida personal y liderazgo. La imagen de Ardern llevando a su hija a la Asamblea General de las Naciones Unidas expresó un mensaje claro: la maternidad no es un obstáculo para gobernar, y el poder no debería exigir ocultarla.
Su historia personal aporta contexto a esa mirada. Criada en un pequeño pueblo rural, en una familia mormona, la autora describe una infancia común atravesada por una temprana conciencia de la desigualdad. La decisión de dejar la Iglesia, al no poder conciliar sus convicciones feministas con sus enseñanzas, fue uno de sus primeros actos de coherencia. “El mundo es tan grande y la vida puede ser frágil… pero no tan grande como para que una sola persona no pueda hacer algo para cambiarlo”.
El libro no evita el desgaste emocional del cargo ni las situaciones de violencia que enfrentó como mujer en el espacio público. Tampoco esquiva su renuncia. Lejos de presentarla como una huida, la define como un acto de honestidad: reconocer los propios límites también es una forma de liderazgo responsable.
“Liderar no debe ejercerse a costa del bienestar personal”, sostiene.
Para las personas que trabajan en contextos de alta exigencia, como la medicina y, en particular, la anestesia, este planteo interpela de manera directa. Tomar decisiones críticas, sostener equipos y acompañar a otros en la vulnerabilidad requiere algo más que conocimiento técnico. Exige humanidad.


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