
De guardia cuando todo tembló

Venía saliendo de una cirugía cuando sonó la alarma. Era un paciente pediátrico, una anestesia general que había salido bien, y Paola Yepez se había sentado a completar la hoja de morbilidad. Entonces el teléfono empezó a sonar y la cartelera del servicio se movió sola contra la pared. «En mi cabeza era el fin del mundo», dice. Se paró de la silla y gritó lo primero que le salió: «¡Un terremoto, corran!».
El quirófano quedaba en el fondo de la planta baja: para llegar a la calle había que cruzar terapia intensiva y medio hospital. Los dos sismos —el primero más leve, el segundo mucho más fuerte— los vivió corriendo, con las enfermeras, el traumatólogo y todo el equipo detrás. «Las baldosas se movían en forma de mar. El piso yo lo veía en forma de mar», cuenta.
Del otro lado de la puerta empezaba otra historia. El primer camión que llegó descargó cuatro cadáveres en la entrada del hospital. Llegaban motorizados con heridos cruzados sobre la moto. Y, al mismo tiempo, los pacientes internados bajaban corriendo los cuatro pisos tal como estaban, con la bolsa de sangre los que se estaban transfundiendo, con la bolsa de hidratación colgando, con lo que sea que tuvieran puesto. «El cojo caminó, el ciego vio, el que estaba enfermo se paró de la cama. Es tanta la adrenalina y las ganas de vivir, que el ser humano lo hace.» Era feriado por San Juan, una fiesta que en La Guaira se vive con tambores y camisas rojas, y entre los heridos empezaron a aparecer también los que venían de celebrar. Todos le pedían una respuesta que ella todavía no tenía.
—¿Cómo llegaste a la anestesiología?
—Soy médica venezolana, me formé en La Guaira y pertenezco a la primera promoción de anestesiólogos de la zona. Llegué siendo médico rural, hice un año por pediatría y después cayó la pandemia. Trabajé en el piso de COVID, me subieron a terapia intensiva, hice un año ahí… y me enteré de que abrían plazas de anestesiología. Participé, quedé y es lo que hago hasta hoy. Me encanta.
—Ese día, en el hospital, había dos cirujanos veteranos. ¿Qué te dijeron?
—Ellos ya habían vivido La Vaguada, otra tragedia en La Guaira, hacía muchos años. Me agarran la mano, llorando y me dicen: «Mija, estamos en medicina de guerra. Ármate de valor, esto no va a parar, va a ser toda la noche y toda la semana. No vayas a dormir a nadie, porque todos vienen muy críticos». Yo estaba muy pollita, quería a alguien mayor que me guiara. Lo único que les pedí fue que no me abandonaran. Y no me abandonaron.
—¿Con qué contabas para trabajar?
Con lo que tenía. En el curso del terremoto me robaron el cargador de teléfono, me robaron dinero, me robaron muchas cosas, y el gorro quirúrgico. Pero en esos momentos, no entrábamos al quirófano como estamos todos acostumbrados, no; ahí entrábamos como estábamos. Para nosotros, los de anestesia, era como un insulto ver mi quirófano así, pero es que no podíamos hacer otra cosa.
No tenía marcador ni enfermera, todo se había perdido, así que diferenciaba las drogas por el tamaño de la jeringa: la atropina en la de 3, efedrina en la de 10, el propofol en la de 20. Mi mesa de trabajo era mi cabeza: me hice una colita de pelo y me acomodé las jeringas ahí, lado derecho y lado izquierdo, drogas de rescate de un lado, anestesia del otro. Sólo lo sabía yo, yo no le podía pedir a nadie que me abra un medicamento porque yo sola tenía el control. Trabajaba con ketamina, que es la más cardioestable; me daba miedo el propofol por lo hemodinámico, y el fentanilo y el midazolam por la depresión respiratoria. Hasta llegué a guardar ampollas de rescate en el uniforme, por si a algún compañero le faltaban.
—¿Qué tipo de lesiones llegaban?
—El 90% eran amputaciones, de miembro superior y de miembro inferior, en niños y en adultos. La primera guardia hice entre 16 y 20; eran cirugías de veinte minutos, no podíamos tardar más. Usé tantos halogenados que yo misma los tragué y me dio por llorar: salía del quirófano, lloraba, me secaba las lágrimas y volvía a entrar. Después empezaron los aplastamientos, las rabdomiólisis, y también los quemados, porque el movimiento hizo chocar las bombonas de gas y explotaron. Uno pensaba «este está tan crítico», y siempre había alguien peor.
—Una de las primeras fue una niña.
—Llegó con el brazo amputado, lo había perdido en la calle, y venía con sangrado activo. A esa edad ni siquiera podés preguntarle si comió o cuánto pesa: le decís «mi amor, ¿cómo te sientes?» y te contesta «mamá se cayó, mamá no pudo salir». Uno hace una pregunta y su cabecita sigue allá, en la tragedia. La operamos, la puse en modo SIMV para ir despertándola, la hidraté; estaba en una deshidratación impresionante, todos llegaban bañados en tierra y había que limpiarles la cara para verlos. La pude despertar. Y en eso llega la mamá: «Doctora, la lancé por la ventana, la lancé por la ventana, porque mi casa se cayó completa».
— Con todo eso encima, ¿cómo hacías para sostener el control?
—Yo no daba más, en mi vida había tenido tanto trabajo. Todos confiaban en mí y yo no confiaba en mí, porque estaba agotada y me daba miedo perder el control de las dosis. El agua caía al piso, se caían las gasas, el quirófano era un desastre. En medio de todo eso vino una réplica: estaba ventilando a un niño y la máquina me dio corriente, porque estaba todo mojado. Todos salieron corriendo. Yo me quedé, me arrodillé y lo agarré. Pensé: «Ya está, me morí. Pero me morí haciendo mi trabajo». Cuando terminó la réplica, volvimos todos al quirófano y seguimos operando.
—Terminada la guardia, en lugar de descansar quisiste ir a tu casa.
—Quería recuperar mi título. Si el mundo se acababa, me quería ir con mi título, que es lo que trabajé y estudié. Del hospital a mi casa son cuarenta minutos en auto; me fui caminando. Ahí, recién, vi lo que había pasado afuera: edificios en el piso, gente gritando adentro, la calle que ya no existía. Vivía en un penthouse en un edificio de cuatro pisos; quedó en pie, pero inhabitable, todo agrietado. Entré corriendo, un hombre me acompañó, saqué el título y volví al hospital.
—¿Y el cuerpo cómo venía aguantando todo eso?
—Me estaba deteriorando físicamente, ya no caminaba igual, empecé a cojear: me hice una fascitis plantar de tanto ir y volver a pie. En un momento le dije a un doctor: «Me duele mucho la cabeza, me está bajando el azúcar, ¿por qué siento esto?». Y me contestó: «Hija, estás posguardia, te fuiste a un maratón caminando. Analiza lo que estás viviendo». No me quitaba el bolso de encima, porque no quería perder el título; y toda esa tragedia era con réplica tras réplica, salíamos corriendo a cada minuto. Llegaron los directores del hospital a ayudar; la subdirectora, que vivía en Caracas, bajó a conseguir insumos y comida, y nos cobijó a todos. Yo caí rendida en el auditorio, sobre una alfombra; los muchachos cuentan que me senté a hablar con ellos y el sueño me ganó. Después me dieron calambres, no aguantaba las piernas, pero mi cabeza repetía «tengo que seguir», aunque ya hubiera más anestesiólogos. Ese 24 de junio yo estrenaba un uniforme amarillo mantequilla, que es lo que se usa ahora, con zapatos nuevos y un gorro combinado. Nunca imaginé que iba a ser mi traje de guerra. Cuando me vi, estaba percudido, yo estaba sucísima.
—¿Hubo algún paciente que se te quedó grabado?
—Arcángel. Un niño al que operamos y que tuvo un retraso en el despertar horrible; yo sabía que estaba vivo por el monitor, porque si me guiaba por frecuencia cardíaca y pulso… me desesperé, no lo voy a negar. Hasta hoy nunca se me murió un paciente en quirófano y no quería que el primero fuera un niño. Cuando abrió los ojos, lo primero que preguntó fue por la pierna. «¿Y mi pie?» «Está tapadito.» «Mi mamá no salió. A mí me lanzaron, mi mamá no salió.» Tenía hambre y todavía no podía comer, así que lo puse boca abajo de lado. Se cansó de esperar a los padres, me pedía que los llamara. Cuando por fin lo vinieron a buscar, para mí fue una alegría y un golpe a la vez: le había agarrado tanto cariño. Se despidió y me lanzó un beso. Después, por las redes sociales, me enteré de que ya le hicieron la amputación como corresponde y le pusieron la prótesis.
—Fueron dos anestesiólogos para toda La Guaira.
—Nada de quince hospitales ni doscientos anestesiólogos. En el momento del terremoto éramos dos, cada uno en un hospital, con la responsabilidad del quirófano encima. Al otro todavía no lo conozco; me contaron que vivió lo mismo, que se saturaron de pacientes y tuvieron que cerrar las puertas. Nosotros eso no lo podíamos hacer. El anestesiólogo es para todos: hay traumatólogos de mano, de pie, de columna, pero anestesiólogo hay uno, y es para todos. Eso es lo más complicado.
—¿Con qué recursos daban respuesta?
—Trabajamos más que con las uñas. Tenía dos tomas de oxígeno y dos monitores para todo el hospital; los que estaban en recuperación ni siquiera tenían monitorización, era el familiar el que me avisaba. Cuando no podíamos intubar —teníamos dos ventiladores— alguien daba ambú y esperaba la ambulancia de Caracas. Los estudiantes de medicina fueron el caballo de batalla: el de sexto orientaba al de quinto, recibían al paciente, lo estabilizaban, tomaban signos vitales, y el que tenía herida abierta pasaba directo a cirugía. Agradezco al sistema de salud venezolano la formación académica, porque en algo así es lo único que te sostiene.
—¿Qué te llevás de todo esto?
—Que el conocimiento es poder. Uno estudia y piensa que no sabe nada, hasta que se ve ahí y dice «¿cómo lo hice?». No es solo el conocimiento: es la fortaleza para bancarlo, seguir siendo la cabeza del quirófano cuando todos se guían por vos. Yo tenía el alma desgarrada, había perdido la casa, cosas, amistades. Me quedé con las llaves, el teléfono y el título. Por eso les digo a los residentes que estudien, que se actualicen siempre, así sea un artículo de Instagram: en un momento crítico es lo único que te va a acompañar.
—¿Y ahora?
—Aunque nos duela, la vida sigue. Venezuela no puede parar; si no trabajamos, no hay provisión, no hay luz, no hay agua. El hospital cambió por completo: bajamos todo a planta baja e hicimos una especie de mini hospital, un área de pediatría, una de cirugía, una de laboratorio. A los quince días ya habían vuelto las clases y los residentes al hospital, aunque varios perdieron a sus padres o a compañeros. Uno aprende a valorar hasta el bañarse, el tener un café, el amanecer vivo. Dormíamos con ropa y zapatos, listos para salir corriendo. Cuando por fin llegué a la casa de mis padres y los vi, se me desplomó toda la fuerza y lloré como treinta minutos. Y después agarré fuerza otra vez, porque hay que continuar.
La mirada del rescatista argentino
Gonzalo Castrillo se presenta en un orden que lo pinta entero: primero bombero voluntario, después anestesiólogo. En el HIGA «Dr. Oscar Alende» de Mar del Plata sus días pasan entre cirugías y guardias, pero también está entrenado para el caos. Cuando los terremotos arrasaron La Guaira, lo convocaron para la Brigada Puma ARG-13, el equipo argentino de búsqueda y rescate certificado por la ONU. Viajó a Playa Grande, uno de los barrios más devastados, y trabajó diez días con un equipo autosuficiente, sin luz, agua ni comunicaciones. En terreno le tocó una doble tarea: asistir a las víctimas de los derrumbes y cuidar la salud de los propios rescatistas.
«Lo más difícil no era lo quirúrgico. Los momentos más duros eran cuando los equipos y los perros ya no detectaban señales de vida, y había que decirle a una familia que no podíamos seguir. Con el síndrome de aplastamiento hay que estar preparado: la persona puede estar lúcida bajo los escombros y deteriorarse en minutos cuando la rescatás. Por eso empezamos a tratarla en el lugar —monitoreo, accesos vasculares, hidratación— y avisamos al equipo que la va a recibir; el soporte vital avanzado de un paciente crítico vale oro, y es algo para lo que los anestesiólogos nos entrenamos. De la comunidad me llevo su fortaleza: en plena vulnerabilidad, un pueblo entero nos traía agua y comida, sin un solo reproche. Vuelvo con una sensación ambigua, la de haber aportado algo muy chiquito en una tragedia enorme. Y con la certeza de cuánto valen la familia, el trabajo y la salud.»


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